DESPUÉS DE TANTO TIEMPO

 Te veo ahí, sentada, con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana, y pienso ¡cuánto tiempo sin vernos! ¡qué casualidad! Estoy convencido de que algo más fuerte que la propia naturaleza ha sido lo que ha hecho que tú y yo coincidamos hoy en este tren. Algo a lo que el ser humano aún no ha podido, o no ha sabido, ponerle nombre. Te observo disimuladamente mientras intento recordar cuándo fue la última vez que nos vimos. Me cuesta hacer memoria, aquello de que los años no pasan en balde va cobrando cada vez más sentido. Viendo que no consigo tener claro el cuándo lo intento con el dónde. Tal vez en algún bar cuando aún éramos jóvenes, quizá en una biblioteca, o en uno de los muchos trabajos que he tenido. No lo sé. No veo el momento con claridad. Recuerdo tus ojos, sí, son los mismos, de eso no hay duda, los conozco. Los conozco igual que ellos me conocen a mí, de eso estoy seguro. No hay más que ver cómo me miras. Tú también estás intentando recordar y, seguramente, te pase lo mismo que a mí y no logres concretar el lugar ni el día en el que dejamos de vernos, ni aquél en el cual nos vimos por primera vez pero, al igual que yo, estás convencida de que aquello sucedió. De que hubo al menos un momento en nuestras vidas en el que estuvimos juntos, más cerca de lo que ahora estamos, y nos hablamos, sí, nos hablamos. El tono de tu voz lo recuerdo con claridad. De hecho me parece estar escuchándolo ahora mismo, en este instante en el que, traviesas, tus miradas juegan a encontrarse con las mías para luego, más traviesas aún, esquivarse de nuevo. Sé tantas cosas de ti que me sorprende no haberme levantado todavía para acercarme hasta donde tú estás y decirte algo. Tal vez así se refrescara esta torpe memoria mía, aunque siento algo de miedo ¿Y si tú sí sabes quién soy yo y no quieres saludarme por algún motivo concreto? ¿Y si aquello que tuvimos acabó mal, o te hice daño o, simplemente, te decepcioné? No, no creo que ocurriera nada de eso porque a pesar de no acordarme noto una agradable sensación al contemplarte, una deliciosa y reconfortante ternura cuando te miro. Es más, no necesito desnudarte para conocer tu cuerpo, para saber que tienes una pequeña marca rosada en forma de mariposa bajo el pecho izquierdo, que te encanta bailar, y que tu piel es la piel más suave que acaricié nunca. Vuelvo a sentirme parte de ti en el instante en el que este tren comienza a ralentizar su marcha. Te observo coger el bolso, comprobar que la cremallera está cerrada, colgártelo al hombro y ponerte en pie. Es muy probable que la siguiente sea tu parada. A mí todavía me quedan unas cuantas. Caminas agarrándote a los respaldos de los asientos hacia el lugar donde estoy sentado. Te miro fijamente, eres tú, ya no hay duda. Eres tú. No sé si decirte algo o esperar a que seas tú quien rompa el hielo. Me miras igual que una mujer mira a sus zapatos viejos, recordando algo, y al llegar a mi altura dejas caer una pequeña sonrisa, te pones las gafas de sol, miras al frente y continúas caminando hasta la puerta del vagón. No dices nada pero, sin embargo, yo he escuchado tu voz, he creído oír la suavidad de su dulzura saliendo de tu boca, y he recordado. He recordado como alguna vez tu voz dijo «te quiero» cerca de mi oído, y me han venido imágenes a la mente donde tú y yo nos besábamos, y he vuelto a ver tu cuerpo desnudo y a tener la extraña sensación de que aquello ocurrió en otra época, en un tiempo en el que posiblemente aún no hubiera trenes y en el que todavía, probablemente, ninguno de los dos creyéramos en la reencarnación.