SOPA DE LETRAS

 

–¡A comer!– gritó mi madre a la vez que salía de la cocina con una sopera vieja en las manos, camino del cuartito de estar.

–¡Vamos, niños! ¡He dicho que a comer!– Volvió a gritar de regreso a la cocina.

Nosotros hacíamos el animal con unos pequeños coches de juguete en la habitación azul. Aquellos coches apenas conservaban algún rastro de su color original, se veía más el hierro del chasis que la pintura que debía cubrirlo. De tantos golpes como habían sufrido tampoco las ruedas estaban en buenas condiciones, era difícil encontrar alguno que aún conservase las cuatro. Al tiempo que mi hermano se preparaba para un nuevo choque frontal entre aquellos trozos de chatarra se escuchó otro grito, éste más cercano y más atroz, justo en la puerta de la habitación.

–¡Es que no puede ser con vosotros! ¡No sé cómo hay que deciros las cosas! ¡A comer!– gritó. Esta vez con el tono aún más elevado.

Tenía que llegar ese momento, el instante del grito desde la puerta, para que mi hermano y yo cesáramos toda actividad, absurda o no, que estuviéramos llevando a cabo para correr hasta la mesa, intentando evitar el pescozón que aquella madre en estado de histeria trataba de asestarnos al pasar corriendo por delante de ella. Por desgracia, aquel histerismo casi enfermizo era ya demasiado constante. Mi madre, que hubo sido siempre la mujer más bella y más alegre de la Tierra, hacía tiempo que había perdido la sonrisa y el único brillo que le quedaba en los ojos era aquél que dejan las lágrimas lloradas a escondidas. La sonrisa no era lo único que había perdido, también perdió la calma y, casi la cabeza, desde el día que mi padre se marchó dejándonos aquí, en esta pequeña casa, solos y con frío, con mucho frío, sobre todo a ella.

Las cosas comenzaron a torcerse desde que el que fuera cabeza de familia huyera con una mujer que, según decían las vecinas, era mucho más guapa que mi madre, cosa ésta casi imposible. Mi padre desapareció así, de repente, sin despedirse, sin decir a dónde iba, sin besar a mi madre como lo hubo hecho anteriormente cada vez que salía de casa. Mi hermano y yo le observamos escapar por la puerta como queriendo no mirarnos. Ésa fue la última vez que le vimos. A partir de ahí todo empezó a cambiar.

–¡Siéntate bien!– me gritaba mi madre mientras servía la sopa en los platos.

–¡Qué niños! ¡Me tenéis harta! El día menos pensado…

Siempre se callaba ahí, aunque no hacía falta escuchar más para saber que lo que podría pasar el día menos pensado sería algo que ni a mi hermano ni a mí nos gustaría. Luego se sentaba a la mesa, en silencio, y sorbía la sopa con desgana, con la cabeza baja y sin apenas mirarnos. Ya era mucho el tiempo que hacía que las comidas se habían vuelto monótonas. Tras la marcha del hombre de la casa todo cambió, sobre todo se fueron notando esas variaciones a la hora de comer. De un modo paulatino fueron desapareciendo del menú diario filetes y escalopes, tras estos fue el pescado el que empezó a escasear. Comenzamos a compartir el yogur o las natillas del postre. La barra de pan se racionaba para que durase tres días, aunque al tercero debiéramos usar nuestra fuerza más bruta para masticarlo, esto último resultaba divertido, lo de compartir postre no tanto. Mi hermano y yo empezamos a sospechar que mi padre no había salido solo de la casa sino que se había llevado con él el dinero que siempre tenía mi madre en el monedero. Aquellas monedas que a escondidas hurtábamos alguna vez para comprar chucherías o algún bollo parecían haber desaparecido para siempre, y el monedero pasó a estar perennemente custodiado por su dueña. Sí, estaba claro que el dinero se fue con mi padre. Mi madre ya no nos compraba ropa nueva, se limitaba a remendar los enganchones o a ponernos coderas y rodilleras en todas las prendas viejas que teníamos. Ella tampoco se cambiaba casi nunca. Ya siempre vestía igual, salvo algunas tardes que se ponía un vestido corto de color rojo y salía a dar un paseo para –según decía– descansar un rato de nosotros. Esas eran las únicas tardes que se pintaba los labios y estaba guapísima aunque, no sé por qué, se le notaba más si cabe ese triste brillo en los ojos. Nosotros esperábamos nerviosos a que regresara porque siempre que volvía de su paseo nos sorprendía con algo. Unas veces nos traía un flan para cada uno, otras algún helado o chocolate para después de la cena, aunque ella esas noches no cenaba. Sólo nos miraba. Nos miraba entretenernos con la sopa que, no recuerdo cuánto tiempo hacía, era plato único en las comidas, aunque debía de hacer el mismo tiempo que la sopa que nos servía comenzó a ser siempre de letras, así como el mismo tiempo que llevaba sin meternos prisa para que termináramos de comer. No sé por qué motivo dejó de regañarnos cuando hundíamos nuestros pequeños dedos en el plato de sopa para ir sacando letras y formar palabras con ellas. Era divertido comer así, sin prisa, leyendo en voz alta las palabras que íbamos escribiendo en el borde del plato, para luego devolver las letras a su caldo y comenzar de nuevo a extraer aquellos pequeños trozos de pasta para formar con ellos nuevas palabras. Ella, mientras, miraba. Sólo miraba. Mi hermano y yo nos turnábamos en aquel juego que habíamos inventado para hacer más llevadero el gris momento de alimentar nuestros pequeños cuerpos. Nos reíamos, no sé si aquello sería ser feliz pero recuerdo que nos reíamos. Sobre todo cuando jugando con la comida escribíamos palabras como “CULO”, “TETA” o “BOBO”. Alguna vez mi madre también sonrió. La vida pasaba y nosotros pasábamos con ella, sin querer darnos cuenta de lo que teníamos o de lo que dejábamos de tener. Mientras hubiera letras en la sopa todo era llevadero. Pero como se acaba todo lo bueno, o lo malo, o, sabe Dios lo que era aquello, eso también se terminó. Fue una noche de ésas en las que mi madre no cenaba, era el turno de mi hermano. Yo acababa de devolver a la sopa las letras de la palabra “POBRE” que había compuesto instantes antes, él fue conformando una nueva palabra en el borde de su plato, y una vez terminada la leyó en voz alta. Justo en el momento en el que terminó de pronunciarla el sonido del bofetón que le dio mi madre se adueñó de toda la casa. Antes de que mi hermano se repusiera de la sorpresa que aquello le había causado, y comenzara a llorar como ya lo estaba haciendo mi madre, a ella le dio tiempo de levantarse, coger bruscamente los platos de la mesa y llevárselos a la cocina, vaciándolos rápidamente en el cubo de la basura sin querer volver a mirar la palabra “PUTA” que mi hermano hubo escrito a modo de gracia en el borde de su plato. Aquella fue la última vez que comimos sopa de letras. Desde aquel momento las comidas se volvieron aburridas y silenciosas, sin poder, ni querer, encontrar qué hacer con las anodinas bolitas de la nueva sopa, no viendo nunca más a mi madre con los labios pintados, y sin volver a probar un flan o el chocolate hasta que fuimos muy, muy, muy mayores.