UN CAPRICHO DEL SIGLO XXI
Hola, me llamo José, aunque mis padres me llaman Pepe y mis amigos del cole, Pepito. Tengo cuatro años y mucha vida por delante, de eso estoy seguro. De lo que no lo estoy tanto es de que me vaya a gustar todo lo que aún me queda por vivir. Ahora que estoy empezando a tener uso de razón me doy cuenta de muchas cosas que, por más que lo intento, no comprendo. Por ejemplo, no entiendo por qué tengo que pasarme todo el día fuera de mi casa. Yo pensaba que vine a este mundo porque alguien quería estar conmigo, cuidarme, quererme y darme el calor de un hogar pero ahora me doy cuenta de que no es así. Reconozco que esto se me está haciendo un poco cuesta arriba. Apenas veo a mis padres, y en el poco tiempo que coincidimos lo único que hacen es quejarse de lo mucho que trabajan. Sí que están ocupados, sí, tanto que no se dan cuenta que la jornada laboral más larga es la mía. Soy el primero en salir de casa cada día y el último en regresar. Me levanta mamá a las seis y media de la mañana, me da la leche corriendo, y a la vez que se pinta para ponerse guapa me peina a mí para que yo también esté guapo. Algunas mañanas me sonríe aunque la mayoría está enfadada y grita porque se le hace tarde. Luego me mete en el asiento de atrás del coche y me sienta en mi sillita. Con las prisas me he llevado más de un coscorrón en la cabeza. Hay días en los que papá nos dice adiós desde la ventana pero otros se le olvida o no se ha levantado todavía, como él entra a trabajar más tarde que mamá puede dormir más tiempo.
Cuando llegamos a la puerta del cole vuelven las prisas, mamá aparca, casi siempre mal, por cierto, y corre con sus tacones para bajarme de la sillita y darme un beso en la frente. Luego se queda junto al coche diciéndome adiós con la mano, como ya soy mayor puedo entrar al colegio yo solito. La mayoría de los días al darme la vuelta para mirar a mamá y despedirme otra vez de ella, o lanzarle un beso, ya no está, y su coche tampoco. Cuando llego a la sala donde me dan el desayuno me encuentro con todos mis amigos, sus padres también les han dejado aquí, como a mí, porque tienen que trabajar. Luego, cuando pasa un buen rato, llega nuestra señorita. Unos días cantamos, otros nos cuenta un cuento, o pintamos, o nos enseña alguna letra para que aprendamos a leer. Yo ya sé escribir MAMÁ y PAPÁ, lo que todavía no sé es cómo se escribe HIJO, supongo que eso lo aprenderé cuando sea un poco más grande, de momento hemos empezado por lo importante.
El día se hace muy largo. Cuando la señorita se va nosotros todavía nos quedamos algunas horas más jugando y merendando. Luego, cuando ya está oscuro, viene a buscarme papá. Mamá hace rato que terminó de trabajar pero como la pobre acaba cansada prefiere irse a casa y estar allí sola, sin nadie que la moleste. Dice que ya ha aguantado bastantes voces en el trabajo. Papá llega siempre con la cara seria, hace que sonríe cuando me ve pero yo sé que lo hace de mentira, para que no me sienta mal. Él también está cansado, ha trabajado hasta muy tarde. Yo le sonrío, pero mi sonrisa es de verdad, me alegro mucho de verle, aunque tengo la sensación de que ni él me conoce a mí ni yo le conozco a él. El único rato que nos vemos es durante el corto camino de vuelta a casa, porque en cuanto entramos él se va directo a la ducha y a mí me pone mamá el pijama, me da la cena y me duermo enseguida, estoy agotado. Cuando papá sale de la ducha yo ya estoy en mi cama, bien arropado y dormidito. Creo que en ese momento ellos hablarán de sus cosas e intentarán arreglar lo que no funcione del todo bien o aquello en lo que crean que pueden fallar. A mí me gustaría estar ahí con ellos y aportar mi punto de vista sobre la situación, pero mis días son demasiado duros para aguantar despierto hasta tan tarde, así que tendré que confiar en mis padres y en lo que decidan, supongo que será lo mejor para mí, aunque sólo lo supongo.
Antes estaba deseando que llegara el fin de semana para que estuviéramos todos juntos como una familia, pero poco a poco fui perdiendo la ilusión. Cuando llega el sábado me dejan con los abuelos porque dicen que necesitan tiempo para ellos, para estar los dos a solas, y salen a cenar, o al teatro, o a bailar, a sitios donde los niños no podemos ir. A mí no me importa porque me lo paso muy bien con mi abuela, me da de comer cosas riquísimas y pinta conmigo. El abuelo me habla de animales y me cuenta cosas de cuando él era pequeño. Sé que no son mis padres pero, qué queréis que os diga, son las personas con las que mejor y más a gusto estoy. Luego, el domingo, mis padres me recogen casi cuando cae la noche porque se acostaron tarde el sábado y han pasado la mañana durmiendo. Y el lunes vuelve otra vez la misma historia, levantarse temprano, ir al cole con mamá, desayunar, estar con la seño, jugar hasta que papá venga a buscarme y a casita, a cenar y a dormir. Aunque no sé cuánto durará esta rutina porque últimamente he escuchado varias veces en casa la palabra divorcio y me da mala espina. Estoy empezando a pensar que tendré que sobrevivir como sea. No me queda otra. Es lo que tiene haber nacido en estos tiempos que corren, en pleno siglo XXI.
