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Derechos
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ISBN: 9798553932886
© Antonio Manuel Moreno, 2025
ADVERTENCIA:
Estimad@ lector/a, me gustaría ponerle en preaviso de que lo que va a encontrar en las siguientes páginas puede que abra antiguas heridas, que reviva cenizas de amores apagados, o que le encharque los ojos con aquellas lágrimas que no lloraba desde que era niñ@. No le miento si le digo que ésa es mi intención. Desde que comencé a escribir esta novela no he tenido otro objetivo que el de que usted sienta todo aquello que yo he sentido, que regrese de mi mano a los lugares que marcaron su infancia, y me los muestre, que me enseñe su barrio, que me presente a sus viej@s amig@s, y me hable de ella o de él –estoy aquí para escucharle–. Que recuerde a sus familiares más queridos, a los que siguen presentes y a los que ya partieron. Que se acuerde de usted, de cuando el mundo era enorme y hacía de un granito de arena una montaña, ahora que esas montañas se levantan a nuestro lado cada mañana, y en muchas ocasiones no nos permiten ver la calma del mar que nos espera aletargado detrás de ellas. Solamente pretendo que se quiera –aunque sé que es difícil–, que se tenga cariño y se mire con la pequeñez amplísima de aquellos ojos con los que entonces veía el mundo, que disfrute de esta vida que le ha tocado en suerte, que goce de los suyos y de ese día a día junto a ellos. No procuro otra cosa que no sea la de hacerle feliz, si acaso no lo es, durante el tiempo que dure este intenso y vertiginoso viaje en libro. Y si en algún momento toco aquello que no debo tocar, le ruego me perdone y mire hacia delante. Seguro que lo que falta por venir es mil veces mejor que lo que vino, aunque nos empeñemos en creer que no es así, que aquello que llevamos con nosotros desde niños nunca podrá ser más de lo que fue. Hágame caso, las historias sin final no están completas, por lo tanto, sigamos juntos escribiendo las nuestras hasta que la vida nos diga que llegamos a la meta, hasta que una noche luenga nos indique que es el fin, que todo terminó. Mientras tanto, sigamos sonriendo, ahora que todavía es gratis disfrutar de este sencillo privilegio. Y sin más que decir, sólo quiero indicarle que advertid@ queda, que todo lo que suceda a partir de aquí será única y exclusivamente bajo su responsabilidad. Usted decide si continuar o no, aunque debe saber que yo estaré a su lado en todo momento y que, en caso de necesitarlo, podremos ayudarnos mutuamente, saltar sobre los charcos cogidos de la mano, y empaparnos felices de aquellos viejos tiempos. Espero que disfrute, y que luego no diga que nadie le advirtió. Saludos, compañer@. Buen viaje.
Antonio Manuel Moreno
“En la literatura no hay nada más difícil que la sencillez.”
Dedicatoria
A todas aquellas personas que
durante todos estos años
han pasado por mi vida y que,
a día de hoy,
lo quieran o no,
les guste más o menos,
forman parte de mi historia.
Capítulo I
Este verano raro
No sé si será una buena idea, pero si escribo esto es para que ella me conozca mejor. Para que no crea que siempre he sido el ser que soy ahora. Para que entienda que una vez fui más activo, más travieso, más impredecible. En definitiva, que sepa que tiempo atrás estuve más vivo, que fui el niño que hoy me empeño en ocultar. Que esta masa de grasa sedentaria, que de vez en cuando se cruza con su silencio por la casa, que una vez tuvo menos pelo en los lugares donde ahora éste abunda y más en la parte en la que hoy escasea, fue un muchacho esbelto, ágil, mordaz. Sí, es cierto que podría contárselo directamente, de viva voz, y ahorrarme todo este montón de folios emborronados, pero hay algo que complicaría ese hecho, algo que nos atañe directamente a los dos: Yo soy hombre de pocas palabras y ella… Ella todavía no ha aprendido a escuchar. Por lo tanto creo que la mejor opción es, sin duda, ésta por la que me he decantado. Pienso que de este modo podrá ir sabiendo de mí a su ritmo, cuando le apetezca. Si en algún tramo de la historia su atención se dispersa, cosa más que probable debido a su alborotado entorno, no tendrá que pedirme que se lo vuelva a repetir desde el principio, bastará con que retroceda y comience a leer de nuevo. Así de fácil y así de cómodo. Y mientras Ella lee yo podré dedicar mi tiempo a hacer otras cosas tales como ojear el periódico, echarme la siesta –si me dejan– o luchar contra la depresión que se me antoja cercana, al igual que estos cuarenta que me acechan, ya, a pocos días de distancia.
Este verano está siendo extraño, incómodo. Está siendo un verano de calor nublado, de brisa cambiante y de cerveza no muy fría. Raro. Extraño. Un verano en el que no apetece tanto estar tirado al sol, sin hacer nada, como en otros veranos. Este verano no ha venido gratis, pide algo, intenta arrancarme algo, sacármelo de dentro, arrebatármelo, pero desconozco el qué. Sólo sé que está tirando de ello con fuerzas y que conseguirá llevárselo. Sospecho que esta sensación pueda deberse a que todavía queda algún resto de infancia escondido en mi interior, alguna mancha de niñez que ya no debería estar ahí. Recuerdo cuando mi padre cumplió los cuarenta y a mí me pareció el padre más mayor del mundo, pensé que no podía haber ninguno más viejo, que por delante sólo tenía a los abuelos. Entendí que mi padre, desde ese momento, ya no iba a ser el mismo. Ya no volvería a verlo tirado por el suelo para jugar conmigo o con mis hermanos pequeños, nunca más escucharía sus carcajadas; los hombres tan mayores no se ríen de ese modo –jamás vi reírse así a ninguno de mis abuelos, de haberlo hecho alguna vez me acordaría–. Sospeché que ya no lo vería con otra cosa que no fueran sus camisas lisas, sus zapatos negros brillantes y sus pantalones largos de tergal. Con el tiempo, por desgracia, no sé si para él o para mí, me di cuenta de que esto no sería así. Los cuarenta de mi padre marcaron un punto de inflexión en nuestra relación que pasó a ser más un trato de padre a nadie que de padre a hijo. Tengo la creencia que desde aquel momento me asustan los cuarenta, desde entonces he vivido temiendo su llegada que, aunque siempre lejana, se presentaba inevitable. Ahora, por fin, están aquí. Esperando a que llegue la hora para llamar a la puerta, para sorprenderme sin sorpresa alguna, para cambiarme la vida como cambiaron la suya, o como mucho antes hubieron cambiado las de mis abuelos. Mirándose el reloj, impacientes, deseando hacerme suyo, tenerme entre sus brazos y matarme de miedo. Malditos cuarenta.
A Ella ya no le gusta el bar de la piscina. Han dejado de interesarle las conversaciones de las personas que se encuentran en él, en su terraza. Dice que la gente siempre habla de lo mismo, los hombres de fútbol, o de coches, y las mujeres de quien sea, pero mal. Que las copas de cerveza que ponen ahora se calientan muy rápido y que la tapa suele ser del día anterior, disimulada con un golpe de microondas justo antes de ser servida. Con lo cual tengo por seguro que dejaremos de frecuentar el bar de la piscina en breve. Cuando a Ella se le atraganta algo tenemos que toser todos. Y ¡Ay! del que no tosa. En eso no ha salido a su madre, ni a la mía, mujeres éstas mucho más comprensivas y serviciales, y mucho menos egocéntricas y dictadoras. Pero a pesar de esto sigue estando guapa. Muy guapa. Es ahora, que estoy escribiendo esto mientras ella está en la piscina con los niños, y noto que se me está poniendo la misma cara de bobo que se me debe quedar cada vez que la tengo delante, en bikini, luciendo de nuevo el cuerpo que tenía antes de quedar encinta de los mellizos. No me extraña que viéndome este gesto imbécil que mi rostro manifiesta cada vez que la miro se sepa superior y muy capaz de hacer conmigo lo que quiera; y lo haga.
A mí el bar de la piscina no me disgusta, es más, me encuentro bien sentado en la terraza, tomándome mi vino de verano o mi cerveza mientras miro a los mellizos correr y lanzarse al agua en posturas que para mí, a estas alturas, se me antojan imposibles. La niña va a ser igual que su madre en todo. No hay más que ver cómo se maneja, qué desparpajo y seguridad desprende, los aires de gobernanta que deja tras sus firmes andares. Y todo esto a su corta edad, miedo me da pensar en cómo será cuando se haga mayor. Más o menos el mismo miedo que ahora le da a su hermano cada vez que ésta se le cuadra y le da alguna orden, absurda o no, con su aún infantil, dulce y estrecha voz de pito. El pobre, para eso, ha tenido mala suerte, ha salido más a mí. Tan pequeño y ya se puede observar en él un perfecto proyecto de calzonazos, muy probablemente debido a la carga genética que, por desgracia, ha heredado de su padre, que no es otra que la que yo heredé del mío, y a su vez éste del suyo, y supongo que así, retrocediendo, podríamos llegar hasta el principio de los tiempos donde encontraríamos a un cándido Adán como el primer calzonazos de la historia de la humanidad, sucumbiendo a los encantos de Eva, sometiéndose a los deseos de ésta y doblegándose ante sus órdenes. Todo por la única y módica recompensa de que la mujer se hiciera a un lado, aunque sólo fuera durante unos segundos, la hoja de parra que cubría aquello que tenía que cubrir.
A este edificio de apartamentos le está pidiendo el cuerpo una buena reforma, igual que a mí me la pide el mío, aunque, sinceramente, veo mucho más factible la primera. La otra está rondando lo imposible. Este edificio y yo debemos tener edades parecidas, ya se nos va viendo viejos. Los primeros recuerdos que tengo de este lugar son, más o menos, de cuando yo tenía dos o tres años más de los que ahora tienen los mellizos y correteaba, al igual que hoy lo hacen ellos, alrededor de la piscina. Aquel verano me lo pasé pidiéndoles a mis padres, de regalo para mi noveno cumpleaños, una caña de pescar. Me encargaba un día, y otro, y otro, y otro más, de martillearles las cabezas con aquello que, por entonces, era mi sueño. Mi madre todavía me lo recuerda alguno de los domingos que vamos a comer a su casa: "Hijo, qué veranito nos diste con la dichosa caña. No hablabas de otra cosa que no fuera tu regalo de cumpleaños, y eso que quedaba una eternidad. Siempre has sido muy pesado. Mucho." Luego, como suele ocurrir, llegó el otoño, y con él la consiguiente bajada de las temperaturas, y el día de mi cumpleaños, pero entre todos los regalos que recibí no hubo ninguna caña de pescar ni nada que se le pareciera. Algún jersey de lana, unos pantalones largos de pana beige, unos guantes y un cochecito teledirigido que corría hasta donde el cable que le conectaba al pequeño volante se lo permitía. Pero, como digo, ni rastro de la caña de pescar. El verano siguiente fue parecido aunque en lugar de caña lo que anduve pidiendo fueron unas botas de fútbol, de aquellas que tenían los tacos de aluminio. Como era de esperar, para cuando cumplí los diez años no hubo atisbo de botas, pero sí otro jersey de lana, otros pantalones largos de pana beige, otro par de guantes, para encarar el duro invierno que se acercaba lentamente, y una moto teledirigida que tampoco podía librarse de aquel corto cable que la esclavizaba. Para mi undécimo cumpleaños, y para todos los que le siguieron, no me alcanza hoy la mente para recordar –o bien no me apetece– qué fue lo que se me ocurrió pedir durante los veranos precedentes, de lo que estoy seguro es de que no me regalaron nada de lo que quería, sin embargo los pantalones largos de pana beige me estuvieron persiguiendo hasta bien entrada la adolescencia. Ahora, a Ella, le extraña que no me guste que me regalen ropa para mi cumpleaños. No entiende cómo algo que a ella le hace tan feliz a mí pueda causarme tanto trastorno o, incluso, ponerme de mal humor. Sé que aunque se esfuerce en ello hay cosas de mí que le cuesta entender. Mis padres me conocen desde hace más tiempo y tampoco han conseguido comprenderme todavía ni, mucho menos, acertar con ninguno de los regalos de cumpleaños que me han hecho en estos treinta y nueve años que llevan sabiendo de mi existencia. Podría decir que, sin lugar a dudas, el mejor de todos los regalos que me hayan hecho nunca, aun sin saberlo, haya sido la compra de este acogedor apartamento en este, hoy, viejo edificio en el cual he pasado casi todos los veranos de mi vida, y en el cual, también, estoy pasando éste, este verano raro. Este verano extraño.
Capítulo II
El primer recuerdo
Mis padres fueron siempre unos padres protectores y responsables, bastante más conmigo, supongo que por el hecho de ser el mayor, que con mis dos hermanos menores. Los primeros recuerdos que tengo de mi vida son totalmente inventados, basados en anécdotas y curiosidades que ellos me han ido contando a lo largo de los años que hemos convivido, y después, con el tiempo, se han encargado de refrescarlos aprovechando las reuniones familiares o las comidas dominicales. De esto tardé bastante en darme cuenta, en descubrir que aquella imagen que conservaba en mi cabeza de un niño que apenas se mantenía en pie, asomado a un balcón, con un pequeño mono de peluche que tocaba los platillos, entre sus manos, y estaba a punto de descubrir por sí solo la ley de la gravedad, era un recuerdo construido en base a los diferentes relatos que del hecho hubieron comentado ellos en multitud de ocasiones. Aunque seguramente mi artificial recuerdo sea bastante fiel al momento original y a aquél que mis padres conservan en sus sobreusadas memorias, ya que para su construcción me basé en las fotografías de aquellos años que mi madre guardaba en una de las puertas superiores del mueble del salón, adonde no llegábamos ninguno de los tres hermanos, dentro de una pequeña caja de puros, la cual todavía conserva como oro en paño. De varias de estas fotografías tomé la referencia para la composición de aquella estampa de niño en balcón con peto de pana rojo y mono platillero –que terminaría precipitándose al vacío– entre las manos. A mi madre, no entiendo por qué, siempre le gustó mucho la pana. Cosas de madres, supongo. Dentro de esa etapa de memoria difusa e inventada tendrían también lugar, junto al mono de peluche, la pareja de perritos que movían incesantemente la cabeza mientras reposaban sobre la bandeja trasera del SEAT ochocientos cincuenta gris que por aquel entonces tenía mi padre, y que corrieron una suerte parecida a la del macaco. Mientras éste pudo comprobar de cerca la dureza de los baldosines de la acera al final de su vuelo desde el balcón de un segundo piso, los perros sufrieron en sus propias carnes, plástico forrado de fieltro en su caso, el golpe contra otra dureza, la del asfalto de la Nacional IV al ser arrojados, a través de una estrecha rendija que quedaba abierta en la ventana delantera derecha del coche, por un enano que aún no había aprendido a decir sus primeras palabras, en el que, muy posiblemente, fuera su primer viaje a la playa.
De este tipo de recuerdos, de los artificiales, siento que debo tener un buen puñado. Unos más claros que otros. Unos mucho más trabajados que otros. Creo que si me lo propusiera podría hacer una selección y ordenarlos por categoría, por importancia, o por frescura nemotécnica, como si de trabajar con una hoja de Excel se tratara. Sin embargo, con los recuerdos reales o con aquellos que considero que lo son, aunque sería imposible saberlo a ciencia cierta, se me antoja más difícil, casi imposible, encontrar un modo de clasificación que pudiera funcionar. El único orden que podría tener cabida sería el cronológico aunque, evidentemente, no sería exacto. Lo que pienso que sí tengo claro, al menos llevo mucho tiempo tratando de autoconvencerme de ello, es cuál de todos es el primero. El primer recuerdo verdadero de los que aún, después de tantos años, sigue anclado a la memoria y con una claridad infinita, tanto como si todo hubiera sucedido ayer mismo, aunque a veces dudo si será real en su totalidad o lo habré ido perfeccionando según pasaban los días con pequeños retoques de fantasía. Lo peor de todo es que jamás lo sabré y que es algo que nadie me podrá confirmar, ya, nunca. Ese primer recuerdo me sigue arrancando una sonrisa muy a menudo y me hizo vivir de una manera muy especial el primer día de colegio de los mellizos, el primer despertar, ya que precisamente de eso trata mi primer recuerdo real, de mi primer día de escuela. El peso que éste tiene dentro de mi pasado es muy relativo. No puedo decir de él que haya sido algo con una trascendencia significativa, no marcó ningún punto de inflexión que acarreara consecuencias posteriores, positivas o negativas, ni ha sido nunca carga o acicate para el devenir normal de mi continuo intento de vida. No, es sólo un recuerdo, distinto a los demás por ser el primero, pero, al fin y al cabo, sólo un recuerdo. El primer día de colegio era algo que tenía que suceder, sí o sí, por lo tanto inevitable. Después existe la posibilidad de recordarlo o no. Eso, supongo, dependerá de las diferentes mentes de los distintos seres humanos. Ahora que lo pienso... creo que nunca hablé de este tema con Ella, no sé si recordará su primer día de escolarización o no. Quiero suponer que sí porque me sorprendería, y mucho, lo contrario. Podría preguntárselo ahora mismo, asomarme al balcón desde donde observo jugar a los mellizos y hacerle señas para que me atendiera. Aunque lo más probable es que me echara la bronca por haber hecho que se levantase de la tumbona para nada, para esta tontería, como ella diría, y encima hacerlo a voces desde un décimo piso. Mejor espero a que lo lea y salga de ella el venir a contármelo. Pero, como ya he dicho, seguro que lo recuerda. Ella siempre lo recuerda todo, sabe siempre dónde está todo, dónde yo lo dejé todo. Ella es ella, no hay otra explicación, diferente al resto del mundo, a aquellos que no logran visualizar con nitidez sus mejores recuerdos. Yo tengo la suerte de poder hacerlo y por ello me gusta disfrutarlo de vez en cuando. Y lo disfruto, por supuesto, sobre todo porque en esta especie de corto que tengo grabado en la cabeza aparece una de las personas a las que más he querido en mi vida y, lo más importante, una de las personas que más me quiso durante una gran parte de todos estos años que llevo respirando. Siempre que pienso en ello me viene la misma imagen, aunque lo más curioso es que de este recuerdo forma parte también, con mucha fuerza, una sensación. La sensación de estar nervioso, inquieto, exaltado. Aunque dentro de mi recuerdo más que verme en ese estado me veo relajado, acabándome de despertar, pero, con la certeza de que el nerviosismo de la noche anterior no se ha dejado ver, pero se ha acoplado sin hacer ruido a mi primer recuerdo. Ya digo que es solamente una sensación. Me acuerdo de abrir los ojos y ver la primera claridad del día entrando por la ventana de mi habitación. Recuerdo ver a mi abuela, dormida, a mi lado, la pobre habría venido a mi cama para intentar que me tranquilizara y durmiera como lo que era, un niño, un crío que debía estar libre de cualquier carga de tensión o de cualquier tipo de preocupación, el tiempo ya se encargaría de ir echándome encima todo eso y ella lo sabía. Ella que era, probablemente, la abuela más dulce del mundo, la más dulce y la más tierna, también era la más protectora. Ella y mi abuelo solían venir a casa a pasar algunas temporadas, sobre todo en invierno, huyendo del duro frío del norte castellano y buscando el calor que por aquel entonces ofrecía la recién llegada calefacción central. Hacía tiempo que se habían quedado viviendo los dos solos en aquella casa, demasiado grande para tanta soledad. El último de sus hijos en abandonar el nido buscando prosperar en la capital fue mi padre. Por una parte, mi abuelo ya empezaba a sentirse como un viejo para seguir saliendo a por la cantidad de leña que era necesaria para calentar aquella casa enorme y fría, por otra, a mi abuela le tiraban las ganas de disfrutar de sus nietos entonces, que aún irradiaban la gracia de ser pequeños. De algún modo, el calor del hogar cobraba mayor significado cuando ellos estaban en casa. Todo, absolutamente todo, era más dulce. La dulzura de mi abuela también quedó patente aquella mañana. Al poco tiempo de que yo hubiera abierto mis ojos ella hizo lo mismo con los suyos, me miró y después de darme un beso en la frente me dijo "Pero hijo ¿qué haces despierto tan temprano?" Yo debí responder algo así como que tenía que ir al colegio, a lo que ella me aclaró "¡Uf! Pues anda que no queda. Si todavía no son ni las ocho. Duérmete otro poco, mi niño". Me besó la frente de nuevo, me echó su brazo por encima, o por cima, como ella decía, y cerró los ojos. Supongo que yo haría lo mismo y me dormiría, tranquilo y seguro, bajo la protección de su abrazo. Ahí es donde se termina mi primer recuerdo. El primer recuerdo real que habita mi cabeza. El primer recuerdo que tengo de aquella mujer tierna y dulce como el algodón de azúcar, con el pelo blanco y la sonrisa perenne.
La señorita Marieli fue la primera profesora que tuve. Su nombre siempre me había resultado curioso hasta que años después caí en la cuenta de que su verdadero nombre debía de ser María Elisa, entonces lo que me resultó curioso fue mi torpeza mental. Cierto es que nunca fui un niño muy espabilado. Inteligente sí, o al menos eso decían los demás, pero en cuestión de todo lo cotidiano, así como en lo referente a las relaciones sociales, era un perfecto lerdo que vivía permanentemente en mi nube, o en mi parra o, como he escuchado muchas veces a lo largo de mi vida, en la mismísima luna. No hace mucho que vi por primera vez, en televisión, la imagen de una musaraña ¡Qué horror! ¡Qué animal tan feo! No sé de dónde se pudieron sacar tantos profesores como tuve durante mi etapa de la E.G.B. la idea, como les comentaban a mis padres en las muchas reuniones, ahora llamadas tutorías, que tuvieron con ellos, de que me pasaba el día mirando a las musarañas. Estoy convencido de que no conocían el aspecto que éstas tenían, de haberlo sabido se hubieran cuidado de aseverar semejante estupidez. Aunque lo cierto es que no fue ésta la única cosa estulta que tuve que soportar a lo largo de todo el tiempo que estuve confinado en el colegio. Otra de las maravillosas y originales parábolas que tuve que escuchar durante aquellos años fue la que hablaba de un cesto de manzanas y de que si una de ellas estaba podrida no tardaría en corromper al resto de las piezas sanas. Estaba claro que con la manzana podrida no se referían a mí, al menos cuando hablaban con mis padres, supongo que yo pasaría a ser ese fruto infecto, causante de la putrefacción general, cuando se reunieran con los padres de algunos de mis compañeros de clase. Sobre todo con los de los que sacaban peores notas. Aquello de las malas compañías siempre fue una excusa muy recurrente de profesores para sacudirse de encima toda responsabilidad ante los progenitores por su falta de atención a los menores. O sea, que lo que yo creo, y lo que he creído siempre, es que las famosas malas compañías hemos sido todos, salvo los dos o tres niños que tenían gafas y nunca jugaban al fútbol en los recreos. Aún hoy tengo un grato recuerdo de alguna de aquellas benditas malas compañías, así como alguna herida abierta en mi autoestima por culpa de uno de aquellos cuatro ojos que, al igual que los demás, creció y se hizo hombre, y un día decidió volcar en mí todo el odio que arrastraba desde niño porque él no tuvo nunca malas compañías... ni buenas.
Capítulo III
Cuando arreglábamos el mundo
Pronto subirán los mellizos corriendo y dando gritos por el pasillo. Parece que nunca se cansaran de correr ni de jugar, al final uno de ellos se caerá, seguramente el niño, y las risas se tornarán en llantos, y su madre estallará y le dará un pescozón a cada uno. Esto lo sé porque es algo que se repite muy a menudo. Ella es mucho más dura que yo en estos temas, y en los demás también. Yo intento ser dialogante, que los niños piensen por sí mismos y que entiendan las razones por las que no deben volver a hacer algo. Ella se pone enferma cuando me ve hablándoles a los pequeños como si fueran adultos. Luego, cuando estamos a solas se ríe de mí y me llama Platón porque dice que parece que he refundado La Academia para educar a los mellizos —cuando le sale esa vena de estudiante de letras el que se pone enfermo soy yo—. Pero al final, como siempre, termina con la pretensión de hacerme ver que un cachete a tiempo suele ser mucho más eficiente que mis estúpidos intentos de que alcancen un razonamiento lógico, y lo peor de todo es que ya hace un tiempo que creo que lleva razón, también en esto. No tardarán en entrar por la puerta, Ella siempre ha sido muy estricta con los horarios. La hora de bajar a la playa es la hora de bajar a la playa, la hora de volver a la piscina es la hora de volver a la piscina, y la hora de subir a comer es la hora de subir a comer. No hay lugar a otras posibles interpretaciones. Antes era distinto. Cuando los mellizos aún no existían todo sucedía sobre la marcha, había días de verano en los que la hora del vermut se alargaba hasta las cañas de antes de la cena, y no pisábamos la playa ni la piscina en todo el día, y no pasaba nada. La mayoría de las veces era Ella la que lanzaba la propuesta de ir a La Bodeguita y yo, como en todo lo demás, asentía, aceptaba, y la seguía. Entonces, con conversaciones eternas entre cervezas heladas y pescaíto frito, arreglábamos el mundo y comenzábamos a darle unas manitas de pintura a las paredes que habrían de cobijar nuestro futuro. Pero todo esto fue hasta el día que supimos que estaba embarazada. Ahí, en ese momento, cambió todo. Ella siguió siendo una mujer estupenda y maravillosa, pero comenzó a ser poco amiga de las tonterías y de perder el tiempo. Se volvió una mujer estricta en sus cuidados y aún más responsable de lo que ya era, que era mucho. A mí no me quedó otra opción que amoldarme a su nuevo modo de vida, a sus muchas horas de sueño y al paseo de cada atardecer. Esta costumbre la seguimos manteniendo hoy en día, siete años después continuamos paseando cada tarde, pero ahora menos tranquilos. Es la única cosa no productiva de todas las que hacemos fuera de nuestros respectivos trabajos, o eso, al menos, es lo que yo creo. Ella no piensa así, siente que es algo de mucho provecho el poder caminar un rato cada día al lado de tu marido, que es necesario, en toda pareja que lo sea y quiera continuar siéndolo, tener un tiempo para comentar las cosas, importantes o no, que hayan acontecido a lo largo del día, aunque el diálogo se interrumpa muy a menudo con los gritos, llantos o risas de los mellizos. Después, al llegar a casa, Ella coge la bolsa de deporte que previamente hubo dejado preparada sobre el taquillón de la entrada y se marcha al gimnasio mientras yo me quedo haciendo la cena e intentando que los niños no me saquen demasiado de mis casillas. Será por esto por lo que ella cada día está más guapa, más esbelta, con un cuerpazo de impresión, como si no fuera bastante con tener los ojos que tiene, y a mí se me está poniendo por momentos esta cara de acelga, y mi cuerpo va tomando forma de boniato maduro, que estaría a punto de caer del árbol de no ser porque los boniatos, según tengo entendido, crecen bajo tierra. Lo peor de todo es que soy consciente de ello y no hago nada por evitarlo. Hace poco empecé a jugar al pádel los sábados por la mañana con unos compañeros del trabajo, por aquello de hacer algo de ejercicio, pero no fue lo que esperaba. Entretenido sí, pero no debía de ser muy completo ni exigir mucho esfuerzo físico cuando la mayoría de los días teníamos en la pista de al lado a cuatro señoras de la edad de mi madre, o mayores, que se conservaban estupendamente, pero a la hora de correr se movían más bien poco. Lo suyo hubiera sido que Ella y yo hubiésemos jugado como pareja, pero hay cosas que hace tiempo que son imposibles. Salvo el paseo, la compra mensual y follar –esto último con mucha menos frecuencia que la compra–, no hay nada más que hagamos juntos desde que llegaron los mellizos. Ella casi nunca tiene tiempo para las, cada vez menos, tonterías que se me ocurren, no entiende que yo siga empeñado en hacer cosas nuevas, en introducir nuevas emociones en nuestra vida, algo que gire en torno a nosotros dos, y no alrededor de los críos como hace tiempo que gira todo. Todo. Por lo tanto será mejor que no le cuente lo que estoy haciendo. Si le digo que estoy escribiendo la historia de mi vida para que ella se la lea tardará poco en levantar la voz para decirme, en tono irónico, que hay que ver, que qué bien que me sobre tiempo para hacer cosas de provecho después de todas las tareas y toda la atención que de mí requieren los mellizos porque ella, por más que lo intenta, no consigue arañarle ni un segundo al reloj para hacer algo de todo, y remarcará bien todo, lo que le gustaría hacer y mucho menos para sentarse un ratito a leer mis estupideces. Así que será mejor que le diga que he estado liado con el cuadre de unas cuentas de la sucursal que tengo que presentar cuando regresemos. Sé que tampoco le hará gracia, pero lo aceptará de mejor grado, sabe que no están las cosas para andar tonteando con los empleos. De todos modos, cuando suba lo hará con el morro torcido, no le contenta nada que no baje con ella a la playa y mucho menos que ponga la excusa de que tengo cosas que hacer, pero no le diga cuáles. A Ella le gustó siempre tenerlo todo controlado, saber lo que iba a ocurrir o intuir lo que pudiera pasar. Llevar al día su agenda y la mía, hacer listas, muchas listas. Listas para todo; para la compra; para las tareas a realizar cuando está ella; para las tareas a realizar cuando no está ella; para recordar los sitios a los que todavía no hemos llevado a los mellizos; para recordar los lugares a los que ya los hemos llevado; para lo que hay que meter en cada maleta; ya digo, para todo. Será mejor que vaya guardando el portátil y, sobre todo, los folios doblados en los que tengo hecho un pequeño esquema con muchos de aquellos momentos destacables de mi vida que quiero que ella conozca. Siempre suponiendo que algún día consiga encontrar el modo correcto de escribir una novela, yo, que no escribía ni las redacciones que mandaban en el colegio como deberes después de cada verano y ahora, lo que son las cosas, tengo la sensación de que las voy a escribir todas juntas, una detrás de otra. Debo darme prisa en recoger, ya se escucha llorar a uno de los mellizos. Ay, este niño...
Capítulo IV
La señorita Marieli
De mi primer día de colegio recuerdo a mi madre cogiéndome de la mano para cruzar la carretera que separaba mi casa de aquella escuela que estaba a punto de conocer. Sin embargo la imagen de mi abuela ya no aparece en ese momento, seguramente debido a su carácter discreto y conciliador pensaría que todo el protagonismo de aquel instante le correspondía única y exclusivamente a su nuera, a la madre de la criatura, a aquella mujer que iba a recorrer junto a mí todos y cada uno de los días que habrían de llenar aquel camino que acababa de empezar. Recuerdo, también, claramente, que estaban a punto de ser las diez de la mañana y que hacía sol, un sol que lo llenaba todo. Era un sol distinto, de esos que sólo lucen en los días nuevos, en aquellos días en los que estrenamos algo. Y yo, aquella mañana, estrenaba muchas cosas. Desde la cartera marrón de cuero que llevaba colgada a la espalda, pasando por una muda nueva, hasta unos nuevos amigos que compartirían conmigo muchos recreos en aquel, también nuevo, patio de colegio en el que no había columpios, ni falta que hacían. Teníamos algo que era más importante y mucho más necesario, teníamos, por cursi que suene, la imaginación. Allí, en aquel patio pequeño y maravilloso, fui todos o casi todos los personajes que un niño pueda querer ser. Pirata, policía, futbolista, tendero, motorista, bailarín, ladrón, unas veces vaquero y otras indio, a veces me tocó hacer de toro, a veces de torero y, cómo no, en aquella época en la que Curro Jiménez era el rey de la televisión, bandolero, volviéndome para ello mitad hombre, mitad caballo veloz, al que azotaba con fuerza para que galopase raudo y poder escapar así de los franceses que me querían dar caza, sin apenas percibir que aquellos azotes recaían todos sobre el muslo de mi pierna derecha, y no sobre los cuartos traseros de ningún purasangre robado a un rico cacique. Aunque he de reconocer que lo que más fui, y siempre, fue niño, y feliz. Recuerdo también a la señorita Marieli abriéndonos la puerta de su escuela, con una sonrisa suave y tierna, y un gesto tan agradable como ver amanecer. Se inclinó sobre mí, me cogió mi pequeña cara con sus dos manos y me plantó un beso en la mejilla que aún hoy, al recordarlo, deja sentir su calor sobre el mismo lugar. En aquel momento supe que aquella mujer de mirada azul intenso iba a protegerme y a cuidar de mí, ocurriese lo que ocurriese, por lo que me despedí de mi madre, la cual me dio otro beso igual que el de la señorita Marieli, pero en la otra mejilla. Éste también lo recuerdo todavía. Después tomé la mano de mi nuevo ángel guardián y juntos encaramos un pasillo largo que nos llevaría hasta un aula en la que una treintena de niños de mi edad daban libertad a sus agudos gritos y a sus ocurrencias más pueriles. Todos se detuvieron y guardaron silencio cuando entramos. Un niño rubio, más bajito que yo, se me acercó y me dijo hola. Ella le pidió que se sentara mientras me llevaba hasta su mesa. Me cogió por la cintura y me levantó hasta que pude poner los pies sobre la lisa superficie de madera. Allí quedé, frente a una diminuta humanidad que me observaba y analizaba minuciosamente, de la peor manera posible, de la manera que únicamente un niño puede hacerlo, sin filtros ni prejuicios establecidos, juzgando sólo lo que ve, la verdadera desnudez de las personas. Aquella fue la primera vez en mi vida que sentí vergüenza, de ahí en adelante se convirtió en algo habitual, tanto o más que tener hambre, aunque ésta última tenga fácil solución, y para la primera aún no haya encontrado el modo de aliviarla. De mi primer día de colegio me acuerdo de pocas cosas más, que tras presentarme al resto de la clase, y bajarme de la mesa, la señorita Marieli me llevó a mi pupitre; la cara de aquel niño rubio que no dejaba de mirarme y, sobre todo, lo que recuerdo con más claridad, con más aún que los ojos de mi nueva profesora, son los olores, todos los olores que encerraba aquella pequeña escuela. Es curioso el modo en que la memoria conserva los recuerdos asociados a los olores, la fuerza con la que estos permanecen en nuestras mentes, y la facilidad de recuperarlos para traerlos de nuevo al presente. Basta con cerrar los ojos y hacer un mínimo esfuerzo por recordar un olor e, inmediatamente, regresa la escena que envolvía el aroma recordado con todo lujo de detalles, el momento de nuestra vida en el que probamos esa sensación olfativa y, por complicado que parezca, hasta el estado de ánimo en el que nos encontrábamos. Yo, de aquél, mi primer día de colegio, recuerdo varios olores, como el que tenía la piel de la cartera marrón que mi madre me colgó a la espalda esa mañana, el que inundaba el largo pasillo que recorrí de la mano de aquella dulce mujer, o aquél, tan intenso como agradable, que se había apoderado del aula donde los niños aguardaban intranquilos por conocerme, y que mezclaba el olor característico de la madera de los lapiceros a los que se les acaba de sacar punta y el de las gomas de borrar de nata que tanto habría de usar a lo largo de la etapa que por aquel entonces estaba empezando.
Capítulo V
De ensaladas, extraños hobbies y sonrisas
Casi siempre se me olvida que a Ella le gusta la ensalada con poco vinagre, me suelo acordar justo después de haberle echado, sin cuidado alguno, un buen chorro. Si por ella fuera tampoco llevaría huevo cocido, pero a mí una ensalada sin huevo no me dice nada, igual que una ensalada con poco vinagre. Para eso de los gustos somos muy diferentes. Por muy extendido que esté el tópico de que dos personas deben tener gustos y aficiones similares para ser pareja, yo nunca he creído que eso debiera ser así. Para formar un buen tándem uno tiene que tener sus propios gustos y respetar los del otro o, al menos, no criticarlos constantemente. Para eso Ella es estupenda. Nunca habló mal de ninguna de mis absurdas aficiones, aunque yo sé que piensa que lo que hago es una pérdida de tiempo, una estúpida, inútil y cara pérdida de tiempo. Ella lo hace todo de un modo más lógico y productivo. Sería incapaz de perder siquiera un minuto de su tiempo pateándose la capital en busca de un horrible muñequito de orejas grandes y brazos cortos, habitante de Dagobah, y de color verde, personaje ficticio del universo de Star Wars. Yo, en cambio, he llegado a viajar hasta un pequeño pueblo del sur de Francia para comprar un Viper, a escala uno dieciocho, como los que salían en la mítica serie Galáctica. Ella no opina lo mismo, dice que no cree que sea algo tan mítico cuando ella no se acuerda de haberla visto nunca, que de aquella época como serie mítica recuerda Candy, Candy, y lo peor de todo es que siempre que habla de ello termina con la misma frase "¡Ay, Anthony! ¡Qué guapo era!" ¿Guapo? Pero, por favor... si era un dibujo animado. Ahí es donde me doy cuenta de que en el fondo sigue siendo una niña, en la manera en la que le brillan los ojos cuando me habla de esas cosas. Ella, la mujer más segura, fuerte y rígida del mundo baja las defensas cuando de manera inocente evoca su niñez, y su rostro se convierte por un instante en la cara de su hija, en sus seis años llenos de vida y de ilusión por todas las cosas que aún quedan por llegar. Mientras tanto, mientras llegan o no esas cosas, se reprime de criticar mis colecciones de muñequitos a los que no encuentra ningún sentido, ni estético ni funcional, y aun así cuida por todos los medios de que los mellizos no se acerquen demasiado a mis cosas, sabedora de que para mí, más allá de una afición estúpida, se trata de un hobby que durante un largo tiempo, desde muchísimo antes de conocernos, ha llenado demasiadas horas de soledad, acné y extrema timidez. Ella, aparte de sonrisas, no colecciona nada. Sonrisas sí, y muchas, las tiene de todos los colores. Es extraño verla y que no esté sonriendo. A veces sonríe incluso cuando duerme. Da gusto verla dormir. Únicamente luce un gesto más serio cuando lee. Cuando tiene uno de sus libros nuevos entre las manos, ahí, en ese momento, es como si el mundo que tiene alrededor dejara de existir, como si una barrera hermética y protectora la aislara por completo de mis preguntas a destiempo, de los gritos de los mellizos y de los ruidos, furiosos y estridentes, de la vida que pasa sin cuidado al otro lado de las ventanas. Leer es algo que le apasiona. Según dice, es uno de los mayores placeres de la vida. Yo, para eso, soy más rudimentario y lo que me causa placer es mucho más común al resto de la gente. Comer bien, con un buen vino, un buen partido de fútbol, una noche de copas y risas y, por encima de todo, fornicar. Lo dicho, mucho más rudimentario que ella. Ella siempre dice que un buen libro supera, con creces, a un buen orgasmo. Tal vez sea por eso por lo que tiene tantos libros. A pesar de no coleccionar nada, en las estanterías de su pequeño despacho no queda apenas espacio para más ejemplares. Sus libros superan en número, por mucho, a mis feos alienígenas, y Ella no encuentra ningún problema en que los niños los toqueteen o jueguen con ellos, todo lo contrario que yo con mis marcianitos verdes, mis hombres del espacio y mis naves siderales. A veces me preocupa mi manera de ser. Como me inquieta también, y mucho, que mi mujer prefiera un libro a cualquiera de los orgasmos que yo pueda proporcionarle. Y aunque dicen que quien da lo que tiene no está obligado a más, yo me siento en el compromiso, continuo, de hacerla disfrutar, pero por más que me empeñe parece que no puedo competir con Delibes, ni con García Márquez, ni con Martín Gaite o Isabel Allende, entre otros muchos y muchas otras. Mi imaginación es escasa, he de reconocer que en temas como el sexo soy bastante limitado, lo baso generalmente en dos posturas sin muchas complicaciones. La manera en la que damos comienzo a las relaciones es, desde hace mucho tiempo, la misma. Ya nunca innovamos. Bien pensado es normal que ella prefiera sus buenos libros a mis malos polvos. Al principio era todo distinto, supongo que nos dejaríamos llevar por la pasión y no permitiríamos que la vergüenza tomara posiciones. El amor lo llenaba todo. Organizábamos cenas románticas para dos y nos poníamos guapos, sobre todo Ella –un servidor bastante tenía con vestirse bien–. Mientras yo hacía la cena, libro de Karlos Arguiñano en mano, volviendo complicado todo lo que él explicaba con una sencillez extrema, ella ponía música y decoraba el salón. Siempre tuvo muy buen gusto, o casi siempre, aún hoy sigo sin entender qué fue lo que vio en mí y sin saber si lo entenderé algún día. Me esperaba, sentada a la mesa, con una tenue sonrisa pícara acompañando a la frágil luz de las velas que, cuidadosamente y a conciencia, había ordenado sobre el mantel retiradas de las copas donde habríamos de servir el vino. Éste último fue culpable la mayor parte de las veces del descontrol que terminaba apoderándose de aquella pasión recién estrenada. Cenábamos, entre conversaciones triviales, guiños y carantoñas, aguardando el momento del postre, aquel momento en el que los cuerpos ya deberían haber alcanzado la temperatura idónea para cumplir con el verdadero propósito, con el único objetivo de aquellas sensuales cenas, que no era otro que el de entregarnos en cuerpo y alma —sobre todo en cuerpo— a los placeres de la carne, hasta que el sol nos sorprendiera exhaustos y completamente secos. Ahora es mucho más complicado, por no decir imposible, organizar una velada de ese tipo. Para ello deberíamos dejar a los mellizos a dormir en casa de los abuelos o en la de alguno de sus tíos, acción ésta de la que ella no es muy partidaria. Además tendríamos que preparar el salón como hacíamos antaño, ir a comprar a algún apartado rincón para gourmets, esperar que el vino no nos derrotara y, sobre todo, evitar en lo posible la resaca del día siguiente que –combinada con las agudas y, a veces, chirriantes voces de los niños– podría dejar por los suelos al más temible ejército de fieros cartagineses. Cierto es que alguna vez salió la conversación y llegamos a planteárnoslo casi en serio, pero debido a las posibles complicaciones terminamos desistiendo de la idea, aunque yo no de las ganas de volver a ver su deseado cuerpo decorado con las pícaras formas de su corsé rojo y la llamada lujuriosa de su excitante liguero. Esas ganas las tengo siempre, a cada instante, y no soy capaz de creer que alguna vez pueda perder la esperanza de volver a disfrutar de sus carnes regadas por el vino en una de esas locas noches de pasión. De momento tendré que conformarme con estas comidas caseras, observando con qué cariño les corta los filetes a los pequeños, y la carita de asco que pone al probar la ensalada que, una vez más, sin cuidado ninguno, aliñé con un ligero exceso de vinagre.
Capítulo VI
Desde entonces me gustan los días de lluvia
El olor a tierra mojada despertaba en mí una sensación agradabilísima de sosiego y paz interior. A día de hoy sigue haciéndolo. Me acuerdo de la lluvia al otro lado de los cristales, del color gris de los días en los que no podíamos salir al recreo y teníamos que comernos el Boni, el Tigretón, el Bucanero o la Pantera Rosa –dependiendo de cuál hubiese sido el bollo que nuestras madres hubieran decidido meternos esa mañana en la cartera–, entre la clase y el pasillo. Aquellos días eran especiales, entre otras muchas cosas había una que los convertía en diferentes, en mágicos. La seño, en lugar de salir a tomar café al bar de la esquina, desde el que solía vigilarnos a través de sus grandes cristaleras, se quedaba con nosotros, encerrada en aquel espacio reducido, pero sin pedirnos que siguiéramos rellenando fichas o leyendo las historias de Moncho en el libro marrón de Senda. No, aquellos días se quedaba para jugar. Proponía pasatiempos que a nosotros solos nunca se nos hubieran ocurrido. Unos juegos maravillosos que nos llenaban de excitación y alteraban sobremanera nuestra habitual rutina diaria. Desde entonces me gustan los días de lluvia. Me encantan los días de lluvia. Según la tarde se iba oscureciendo íbamos viendo como nuestras madres llegaban, gota a gota como el chubasco, bajo paraguas de diferentes colores. Mi madre, siempre bajo un paraguas discreto, solía retrasarse en los días lluviosos, hoy aún no sé por qué, aunque lo que sí sé es que me gustaba que fuera así. Era estupendo que llegara cuando la mayoría de los niños ya habían abandonado la escuela, cumpliendo con la hora dictada para ello, porque entonces, en cuanto la veía acercarse al otro lado de los cristales, se lo decía a mi señorita Marieli y ésta me tomaba de la mano, me acompañaba hasta la puerta y allí, mientras mantenía conversaciones con mi madre a las que yo nunca presté atención, situada tras mi espalda, cruzaba sus manos sobre mi pecho para después subirlas y acariciarme la cara con ternura, con aquella maravillosa ternura que llenaba todo cuanto había a su alrededor, y terminar por despedirse de mí hasta el siguiente día con uno de esos besos que sólo ella sabía dar, dulces y sonoros. Besos que todavía siguen acudiendo a mi mente en las tardes lluviosas. Cuando yo me marchaba aún seguía estando allí Toñín, el niño rubio y bajito al que los ojos se le entristecían a medida que se iba quedando más solo. Sabía que sería el último en irse como sabía que su madre era siempre la última en llegar. Yo creo que la vi un par de veces a lo sumo en todo el tiempo que fuimos compañeros en ese colegio, a pesar de ser la madre del niño que por aquel entonces ya se había convertido en mi mejor amigo. El corto camino de regreso a casa se trocaba en un minucioso escrutinio de todos y cada uno de los charcos que se habían formado en la calle. Ya fueran grandes o pequeños, profundos o superficiales, no podía dejar escapar la oportunidad de saltar dentro de todos ellos, aprovechando la inmunidad que me otorgaban aquellas pequeñas botas de agua que mi madre me hubo comprado el mismo día que la cartera de piel marrón que colgaba de mi espalda, y cuyas sacudidas, provocadas por cada uno de los saltos, hacían más divertido aquel juego que no tenía más objetivo que el de disfrutar de lo prohibido. Y todo gracias a unas simples katiuskas. Con aquella alegría desatada contrastaba la cara de Toñín y sus ojos tristes mirándome desde el otro lado de la ventana, tan llenos de ausencia que aún consiguen dolerme al recordarlos.
Toñín no tenía padre. Al menos no un padre como el de los demás, conocido. Según él contaba, el que suponía que era su progenitor trabajaba en el extranjero, en una fábrica de petróleo en medio del mar, y hablaba con él por teléfono una vez al mes. Siempre le llamaba para preguntarle si le había gustado el regalo que le había llegado por correo unos días antes. Mi madre decía que el que le llamaba era un tío suyo que vivía fuera, que ni su madre sabía quién era el padre de Toñín. Comentaba, cuando se juntaba con alguna otra madre, que no era normal que una mujer fuera así, tan ligera de cascos, yéndose con unos y con otros y pasando las tardes, y muchas noches, en los bares, sin prestar atención ninguna a su hijo. Yo prefería hacer como que no me enteraba de aquellas conversaciones, miraba para otro lado o les daba patadas a las piedras, pero realmente lo estaba escuchando todo, y me dolía mucho ponerme en la piel de mi amigo y sentirme como se sentiría un niño abandonado, un niño que lo único que tenía por padre era la voz telefónica de un hermano de su madre y un mensual regalo sin carga alguna de cariño. Por entonces ya entendía yo aquella tristeza en sus ojos, esa tristeza que, junto a mis silencios, reforzaba nuestra amistad. Siempre evité hablarle de mi padre, no quería crearle ningún sentimiento incómodo, ni siquiera le contaba que me regañaba porque suponía que eso también lo envidiaría, por lo tanto evitábamos hablar de nuestras respectivas familias. La estatura de Toñín le condicionaba aún más a la hora de relacionarse con los demás, a la excepción que hizo conmigo todavía no he logrado encontrarle explicación. No sé qué pudo atraerle de mí, qué fue aquello que observó o intuyó, para acercarse de aquella manera en la que se acercó la primera vez que nos vimos. Tal vez entonces comencé yo a desarrollar esta personalidad excesivamente protectora que me acompaña hasta ahora. Tal vez; aunque siempre ha habido alguna cosa que no he podido evitar. Con Toñín también las hubo. Me hubiera gustado ayudarle cuando en verdad lo necesitó, pero ni supe ni pude, aunque para cuando llegó ese momento ya habíamos dejado atrás, muy atrás, la infancia.
Capítulo VII
Las dos malditas horas para hacer la digestión
A los mellizos no les gusta nada echarse la siesta. Hacen cualquier cosa para ganar tiempo y retrasar el momento en el que su madre y yo terminamos por acostarles en la cama y bajarles las persianas hasta dejarles prácticamente a oscuras. Si por ellos fuera bajarían de nuevo a la piscina con el último bocado de la comida todavía en la boca, pero su madre les obliga a cumplir la eterna espera de dos horas de duración antes de volver al agua, en previsión de evitar posibles cortes de digestión. Yo siempre vi esa norma como algo estúpido y creo saber lo que sienten los niños. Debe ser algo muy parecido a lo que yo sentía cuando mi padre me obligaba a echarme la siesta con la excusa de aguardar el famoso período de tiempo necesario para digerir bien la comida y no correr el riesgo de morir ahogado como, según él, les había ocurrido a muchos menores que no cumplieron aquel precepto. Exactamente lo mismo es lo que les dice Ella a los mellizos, sí, lo mismo que mi padre me decía a mí, así que es de suponer que después de que les cerremos la puerta de la habitación harán lo mismo que hacíamos mis hermanos y yo, se levantarán de la cama, subirán la persiana despacio, procurando no hacer ruido, observarán a los niños que están dentro del agua, y se preguntarán por qué no se mueren si casi todos acaban de comer y ninguno de ellos ha sufrido la injusta privación de libertad impuesta por unos padres despiadados. Y tras un tiempo mirando por la ventana y deseando que se muera alguno de los niños, si no todos los que se están bañando en ese momento, volverán a la cama y se quedarán dormidos pensando, al igual que lo hacíamos mis hermanos y yo, que por qué ellos no tuvieron la suerte de tener, como muchos de sus amigos, unos padres liberales y despreocupados, aun sin conocer todavía el significado de la palabra "liberal".
Hace tiempo que me cuesta dormirme a la hora de la siesta. A Ella, por el contrario, no parece resistírsele el sueño. Cierra los ojos y en seguida comienza a respirar de una manera más grave. Está preciosa. Me encanta verla así, dormida, con la piel de su espalda al descubierto y sus pequeñas bragas celestes –color éste del que se llenan todas las tardes de verano–. Las primeras siestas que nos echamos juntos servían para desatar el deseo y la lujuria, y sólo nos dormíamos cuando ya, agotados y exhaustos, no quedaba otro remedio. Nos despertábamos cuando había caído la noche, sudados y abrazados, y volvíamos a darnos todo el amor que llevábamos dentro, que no era otro que el que hoy seguimos llevando, aunque ahora más libre de pasión. Estas tardes de verano despertamos cada uno a un lado de la cama, cuando todavía da el sol sobre la persiana que defiende la ventana de la habitación, escuchando las voces de los mellizos que entran corriendo y con el bañador ya puesto, metiéndonos prisa para que bajemos a la piscina. Creo que aprendieron a leer la hora en los relojes sólo para saber cuándo había pasado el tiempo prudencial de la digestión. Ella abre sus grandes ojos y la sonrisa nace rápidamente en su cara, mientras les besa con la perfección con que sólo las madres pueden hacerlo, para bostezar, después, a la vez que estira sus brazos hacia el techo, y se deja ver esbelta, fina, inacabable. Yo debería quedarme aquí, escribiendo la historia de mi vida, mientras ella baja a darse un baño con los pequeños, pero será mejor no tensar demasiado la goma, no vaya a ser que se rompa y me dé en los morros. Ya me libré de bajar esta mañana y a ella no le pareció muy bien, así que si quiero seguir disfrutando de unas plácidas vacaciones y conservar alguna oportunidad, por pequeña que sea, de que nuestros cuerpos vuelvan a compartir fluidos y sudores, será mejor que me ponga el bañador y las chanclas, y baje a darme un chapuzón que, por otro lado, tampoco me vendrá mal.
Capítulo VIII
Ana Belén. Hoy te quiero más que ayer…
Recuerdo a Ana Belén, una niña guapa, de rostro dulce y voz serena, como recuerdo los primeros pinchazos, también conocidos como mariposas, en la zona donde debía estar mi pequeño hígado, y que tenían lugar, sin que yo supiera el porqué, cada vez que la miraba. Ana Belén tardó poco tiempo en hacerse mi amiga. Como pasó con Toñín, tampoco entendí, ni entiendo, por qué quiso que fuera así, pero el caso es que así fue. Pronto nos hicimos los tres inseparables. Pasábamos los recreos juntos mientras las niñas la miraban sin comprender por qué prefería estar con nosotros dando patadas a cualquier botella de batido vacía en lugar de jugar con ellas a la goma, o a la comba, o a cuidar a sus bebés muñecas. Debía ser que a Ana Belén aún no se le había despertado el instinto maternal, cosa rara ésta porque las mujeres apenas comienzan a andar ya sienten la necesidad de cuidar a los demás y, de hecho, lo hacen. Toñín veía a Ana Belén de un modo muy distinto a como lo hacía yo. Él encontraba en ella a la madre de la que casi carecía. Yo, en cambio, veía a la mujer que compartiría mi vida desde aquellos momentos hasta que fuéramos viejos, como lo hacían mis abuelos o los suyos, o sea, eternamente, aunque no tardaría mucho en darme cuenta de que aquello no sería así gracias al que fue, con toda seguridad, mi primer desengaño amoroso. Pero esto prefiero contarlo en su momento, un poco más adelante, cuando hable del primer curso en el que me sentí mayor, siendo ya un estudiante de la E.G.B.
Las patadas de Ana Belén eran como caricias en mis delgadas espinillas, más aún cuando después del golpe venía la redención en forma de beso sobre la zona dolorida. La mayor parte de las veces era yo el que procuraba poner mi pierna entre la suya y la botella, y dejarla quieta, esperando el impacto y, sobre todo, la posterior cura. Más de una vez pensé en que lo que se interpusiera entre su bello pie y la sucia botella fuera mi boca, pero ya entonces era demasiado cobarde como para jugarme la cara por un beso, aunque fuera lo que más deseara en el mundo. A día de hoy esa cobardía sigue incrustada en mí, encostrada, disfrazada ante los ojos de mis hijos. Ana Belén no era la única Ana Belén que había entre las niñas de la escuela, eran varias las llamadas con ese nombre. La culpa de aquella epidemia nominal la tenía una cría de ojos grandes y mirada profunda, con un pelo muy largo, negro y brillante, y que tenía una voz celestial, preciosa, enorme. Aquella cría, cuyo verdadero nombre era Pilar Cuesta, había conseguido unos años atrás que todas las futuras madres quisieran tener una hija tan tierna y adorable como ella lo era en el personaje que interpretaba en la película "Zampo y yo", en la que daba vida, una larga vida, a Ana Belén, que tenía cierto parecido físico con mi amiga. Yo, más bien, parecía Zampo, mientras que a Toñín podríamos asignarle el papel de Manolito, aunque menos travieso y mucho menos sonriente. Aquel invierno fue un invierno de los de antes, frío y lluvioso, de tardes de leche caliente con galletas y mantita en el sofá cuando nos sentábamos frente al televisor para ver los dibujos animados. Todos los recuerdos que tengo de aquella época es posible que cupieran en un folio, pero son de tanta intensidad que creo que un libro, enorme y grueso, no podría recogerlos. Tanta intensidad como tiene, por ejemplo, mi primera declaración de amor a los cinco años de edad. Por supuesto, esa declaración fue ante Ana Belén. Hoy en día aún siento la culpa por aquel pequeño plagio, aunque más que plagio se podría considerar un robo. Un pequeño y, a la vez, grandioso robo. En aquel tiempo en el que comenzaba a tener conciencia de muchas cosas también fui consciente por primera vez del significado del día de San Valentín, del Día de los enamorados. Ese día se hizo notar bajo aquella mezcla del calor artificial de la calefacción central y el calor humano que mis padres desprendían en cada gesto, en cada mirada, en cada roce supuestamente fortuito que se regalaban el uno al otro. Aquella mañana, justo antes de salir hacia la escuela, encontré sobre la mesa del salón una tira de papel con algo escrito. La avidez por querer descifrar todo texto que se pusiera ante mis ojos me hizo tomarla entre mis manos e interpretar, con toda la rapidez que mi corto conocimiento me permitía, aquellas letras que mi padre hubo dejado allí escritas. Se trataba de una frase que después escucharía muchas veces, pero que en aquel momento era nueva para mí. Cuando la leí y asimilé su significado me pareció algo grande, eterno, interminable. Algo digno de Ana Belén, tan digno de ella que no dudé ni un instante en guardarme aquella nota en uno de los bolsillos de mi pequeño pantalón de pana beige. Justo después entró mi madre en el salón, con un bollo en la mano para guardármelo en la cartera y metiéndome prisa para que me pusiera el anorak. La obedecí para no perder tiempo y salir pronto de la escena del crimen. Me abroché la cremallera yo solito, evitando así que mi madre se agachase frente a mí y con sus ojos a la altura de los míos descubriera que estaba ocultando algo. Siempre ha sabido leer mis ojos a la perfección. Nunca supe el porqué, pero siempre fue imposible ocultarle nada si te miraba a los ojos. Así, con mi miedo a ser descubierto y con todo el cuidado del mundo para que mi mirada no se cruzara con la suya, llegamos hasta la puerta de la escuela, no sin comprobar cada dos pasos con mi pequeña mano en el pequeño bolsillo de mi pequeño pantalón de pana beige que la nota sustraída seguía a buen recaudo, pareciéndome casi tan grande aquel trozo de papel como la frase que tenía escrita.
La señorita Marieli esperaba en la puerta de la escuela a que fuéramos entrando, aquel día ni yo ni mi prisa nos detuvimos a darle un beso. Estaba ansioso por encontrar a Ana Belén y entregarle aquel botín que había robado para ella. Entré en la clase, donde los niños corrían entre los pupitres como cada mañana. Ana Belén estaba ya sentada en su sitio, respetando las normas como lo hacía siempre, con su enorme y negra cola de caballo y un lazo rojo que lo incendiaba todo. No sé si por los nervios o por el peso que aquella fecha tenía en mi subconsciente, pero el caso era que me pareció que estaba más guapa que nunca, o al menos yo la vi así, con los ojos más grandes y la sonrisa más abierta que de costumbre. Pensé que ése era el instante más propicio para acercarme a ella sin que los demás vieran lo que iba a hacer, ya que Toñín aún no había llegado y que el resto de los niños estaban ocupados en desgastar energías corriendo, gritando y luchando unos contra otros, antes de que la maestra nos obligara a todos a sentarnos y a permanecer quietos y en silencio. Llegué a su lado y mientras ella me daba los buenos días yo intenté corresponderla, pero mi lengua de trapo no me ayudó mucho a ello, sólo logré esbozar un sonido extraño e incomprensible que lo que consiguió fue marcar, todavía más, su preciosa sonrisa. Sabía que debía ser entonces, que si lo dejaba pasar no volvería a haber otra oportunidad, que aquello que había escuchado unas cuantas veces en las películas de vaqueros de que hay momentos en los que un hombre tiene que demostrar que lo es había trascendido a la vida real, a mi vida real, y era yo el que debía demostrar mi hombría, o al menos la parte que de ésta toca tener cuando se atesoran ya cinco años cumplidos. No entendía cómo era posible que en aquella mañana fría no cesaran de sudarme las manos, como tampoco entendía lo extremadamente pesada que se había vuelto aquella nota que llevaba en mi bolsillo. Tan pesada que estaba empezando a quemar. Mi mano, temblorosa y torpe a causa de los nervios, entró en el bolsillo de mi pantalón con el mismo miedo que si de la boca de una salvaje planta carnívora se tratara. Luego recorrió su interior varias veces hasta sentir el tacto del papel en la yema de mis pequeños dedos. Finalmente, al segundo intento logré extraer, entre sudores y una fuerte sensación de calor en mi cara, el regalo que tan bien guardado llevaba para la dulce Ana Belén. Sin lograr articular palabra, le ofrecí aquel presente como si de un cofre lleno de mirra se tratara, exponiéndolo a su vista sobre las menudas palmas de mis manos menudas. Me miró con cierta sorpresa y preguntó si aquel trozo de papel arrugado era para ella, y yo, aún sin voz, sólo pude asentir con la cabeza. Tomó la nota con sus pequeñas y finas manos para desdoblarla después de haber procurado alisarla un poco sobre su pupitre. Clavó sus ojos sobre lo escrito y, con una maravillosa lentitud, estos se le fueron abriendo aún más. Comenzó a nacer una sonrisa indisimulable en su boca al tiempo que recorría aquella frase con su mirada, de izquierda a derecha, una y otra vez. Por un momento me sentí mal, impuro, al pensar que la persona que debía estar leyendo esa nota no era ella, sino mi madre. Sentía que había usurpado el intenso sentimiento que mi padre hubo puesto al escribirla, que me había apropiado de una enorme porción de amor que no me correspondía, pero, por el contrario, también pensaba que era algo que concordaba a la perfección con aquello que quería expresar, por lo que me sentí menos culpable al ver aquella acción como la toma anticipada de una herencia que en algún momento, por lógica, habría de corresponderme. Algún día sería capaz de escribir frases tan grandes como las que escribía mi padre. Algún día se me ocurrirían cosas así. Por desgracia, al poco tiempo descubrí que aquella frase no era una creación suya, sino que era algo conocido por todo el mundo, incluso un anuncio de joyas la utilizaba para vender más. Aquello sólo fue otra muestra de mi persistente ignorancia, la misma que hoy sigue acompañándome. Al recordarlo ahora me siento estúpido, y me sentiría aún más de no ser por el resultado positivo que me dio aquella frase. Ana Belén, que había leído y releído la nota unas veinte veces, levantó la mirada hacia mí y con la boca sin cerrar me observó fijamente durante un tiempo que a mí me pareció larguísimo. Durante un instante fuimos los dos los que nos quedamos sin palabras hasta que ese silencio fue roto por el sonido de un beso que ella dejó caer sobre mi colorada mejilla, para después preguntarme si aquello significaba que quería que fuéramos novios. Frente a esta cuestión yo intenté responder un sí gigante, pero de mi boca no salió sonido alguno, mi lengua se volvió a convertir en trapo, por lo que no me quedó más remedio que volver a asentir con la cabeza. Entonces, ella, me regaló un nuevo beso sobre la misma mejilla que seguía ardiendo por culpa de los nervios y la emoción que en aquellos momentos estaba sintiendo, y al tiempo que sonaba ese nuevo beso mis ojos recorrían la frase que había escrita sobre la nota que Ana Belén sujetaba en su tierna mano, para leer una vez más aquel "Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana".
Capítulo IX
Nos envejecen los miedos, no los años
Las tardes en la piscina se me hacen poco llevaderas. Tardo bastante tiempo en despertarme por completo de la siesta y me encuentro como ausente del mundo, pero a la vez mi atención tiene que estar centrada únicamente en los mellizos que bajan con unas ganas locas de correr, saltar y chapotear. Tengo que estar más pendiente de que no molesten a la gente que está tumbada tranquilamente alrededor de la piscina que del daño que se puedan hacer ellos en cualquier caída o en cualquier golpe tonto. Hace tiempo que saben nadar y que se defienden bien dentro del agua, y todo gracias a su madre. Fue a ella a quien se le antojó que apuntáramos a los niños a un nuevo invento llamado matronatación. Yo desconocía, como desconozco tantas otras cosas, que esa actividad existiera, pero Ella llegó a casa un día, estando todavía embarazada, con un tríptico donde anunciaban la implantación de esta nueva técnica en la piscina de su gimnasio. Me lo enseñó y me dijo que quería analizar conmigo la posibilidad de que fuéramos ambos con los pequeños poco después de que nacieran. A mí sólo me quedó la opción de decir que sí, como siempre que ella me consulta algo en lo que yo tenga que dar mi consentimiento. Las consecuencias, de no hacerlo así, podrían ser desastrosas para mí, por lo tanto siempre evito llevarle la contraria. Cuando ella me pregunta algo ya sabe lo que voy a responder, al igual que yo sé lo que le tengo que contestar. Así es fácil estar siempre de acuerdo y es un buen modo de evitar muchas discusiones. De haber sabido todo lo que aquellas clases acarreaban tal vez le hubiera echado valor y me hubiera arriesgado a negarme, o al menos hubiera intentado poner alguna condición. Si alguien me hubiera dicho lo del dichoso gorrito... Yo nunca había estado en una piscina climatizada hasta el día en que tuvimos que llevar a los mellizos a su primera clase. Si no recuerdo mal creo que aún no llevaban tres meses viviendo y nosotros ya les habíamos creado su primera obligación –sin que ésta fuese unida a una necesidad–, y lo hubiéramos hecho antes de no ser por los pequeños problemas con los que nació el niño y que le condenaron al pobre a dos largas semanas de incubadora, aunque en aquella novedosa primera clase ya estaba perfectamente, sin síntoma alguno de la subida de bilirrubina y sin otro color que el que le correspondía tener a la piel rosadita de un joven lechón. He de reconocer que el primer día fui con miedo, me asustaba la idea de pensar que los mellizos tragaran agua o se les metiera ésta por la nariz y no pudieran respirar o se les encharcaran los pulmones o, yo qué sé, que les aparecieran de pronto ranas en el estómago. Ahí empecé a sentir el peso excesivo de la responsabilidad de ser padre, a acojonarme y a temer por cualquier cosa, hubiera o no probabilidades reales de que ocurriera, que pudiera sucederle a mis hijos y que yo no fuese capaz de evitar. Fue entonces cuando comprendí que el verdadero miedo era ése, el que se había apoderado de mí en los segundos previos a entrar en aquella pileta de agua tibia con mi pequeña e indefensa princesa en brazos, y no aquél que desde niño me había atormentado en ciertas ocasiones y al que le hube dado siempre mucha más importancia de la que merecía. El miedo era ése, el que me aterrorizaba por lo que pudiese ocurrirle a los demás y no por lo que pudiese pasarme a mí. El miedo del padre, ese miedo que entonces comenzaba a conocer y que llevaba implícita otra revelación; la de que sería por él más que por los años por lo que empezaría inmediatamente a envejecer.
Capítulo X
Jesús, “Chechu” para los amigos
“Jesús, Chechu para los amigos”. Eso era lo que respondía cuando alguien le preguntaba cómo se llamaba, aunque la mitad de la respuesta era mentira porque no tenía amigos, sino niños atemorizados más pequeños que él, en edad y en tamaño, a los que casi esclavizaba en los recreos. Jesús era su nombre, Jesús y punto. Cuando le conocí no sabía yo todavía que terminaría siendo mi enemigo aunque, ahora que lo pienso, creo que tardé poco tiempo en darme cuenta de que aquella posibilidad tenía muchas papeletas de volverse real. Y así fue, se volvió. Ocurrió durante uno de los recreos, mientras Ana Belén, Toñín y yo estábamos sentados en los escalones que precedían a una puerta de hierro que se encontraba en alto y que siempre estuvo cerrada, dando así lugar a muchas leyendas infantiles sobre ogros, brujas, o cualquier otro ser terrorífico que pudiera encontrarse allí cautivo. Fueron muchos los recreos que nos hicieron falta para que empezáramos a perder el miedo que nos causaba la cercanía de aquella misteriosa puerta. Nunca habíamos visto a nadie entrar ni salir de aquel local de cristales pintados de blanco. Aunque, cierto es, que alguna vez creímos vislumbrar el movimiento de una sombra tras ellos, o escuchar alguna risotada como aquellas que los malos soltaban en las películas de terror que echaban en la vieja televisión en blanco y negro, algún lunes por la noche, y que mis padres nunca me dejaron ver por aquello de evitarme pesadillas. Por algún minúsculo resquicio de los que quedaron sin pintar de blanco en el cristal —una vez hubimos encontrado el valor para acercarnos tanto como para poder mirar— se podían ver al fondo de la sala figuras horrendas de aspecto monstruoso, se intuían caras excesivamente grandes y con expresiones que asustaban sólo con intentar adivinarlas. Parecía un pequeño museo de los horrores. Fuimos incapaces de aguantar aquellas visiones más de dos parpadeos. Retrocedimos inmediatamente y volvimos a sentarnos en el escalón más bajo y más alejado de la puerta. Entonces se nos acercó Jesús, Chechu para nadie, y se plantó ante nosotros, con los brazos en jarra y la mirada desafiante. Era un niño grande, rubio y con la cara más colorada de lo normal. Llevaba el cinturón con el que se sujetaba los pantalones por encima del ombligo y una camiseta que marcaba con gran definición todas sus curvas. No estaba fuerte como él creía, más bien estaba gordo, aunque tenía la fuerza de alguien con quince centímetros más de altura que sus compañeros y con otros tantos kilos también por encima. Y de eso se valía para atemorizar a los demás y que se hiciera siempre lo que a él le apeteciera. Nosotros, que estábamos sentados tranquilamente, hablando de nuestras cosas y riéndonos de alguna de las caídas de los chicos mayores que estaban jugando al látigo frente a nuestros ojos, comprendimos de inmediato que a aquel gigante le apetecía incordiarnos, y por ello se detuvo en posición chulesca delante de nuestros sorprendidos rostros. Tenía experiencia en acobardar a los pequeños por lo que se encaró directamente con Toñín. Se dirigió a él llamándole enano mocoso, y lo siguiente que pensaba hacer era apretarle fuerte la nariz para que Toñín llorara y así quedara patente su superioridad ante los demás, tristes y débiles mortales. Y así hubiera sido si en aquel momento a mí no me hubiera dado por erigirme en defensor de las causas pobres y perdidas, y levantarme como un resorte e interponerme entre la enorme mano de aquel salvaje y la pequeña nariz de mi amigo. No sé si realmente lo hice por defenderle a él, por impresionar a Ana Belén o por un extraño impulso que, aún a mi actual edad, se apodera de mí y me lleva a hacer cosas que no quiero cuando me encuentro con algún tipo de injusticia, incluso sabiendo que llevo todas las de perder. No puedo decir que aquella fuera una buena idea, más bien todo lo contrario. La enorme mano de aquel grandullón en vez de agarrar la nariz de Toñín, como en un principio era su intención, lo que agarró fue la pechera de mi camisa. Por un momento sentí más miedo a la cara de la bestia que tenía delante que a todas las imaginarias criaturas que parecían hibernar a mis espaldas. El hecho de ver los ojos de Jesús tan cerca de los míos a punto estuvo de dejarme sin consciencia, aunque en un arrebato de valor, si se le puede llamar así, agarré con mis dos manos el brazo que me sujetaba, y se lo bajé con fuerza, acercando más aún mi cara a su cara a la vez que le decía que nos dejara tranquilos. Jesús, que no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria, enfureció más aún tras mi gesto y levantó su puño con la idea de lanzarlo contra mi asustado rostro. Cuando el golpe parecía inevitable, y así lo presentían mis cerrados ojos, se escuchó como un sonido celestial la milagrosa voz de mi ángel de la guarda: ¡Chechu! —gritó la señorita Marieli desde la puerta de la cafetería de la esquina—. En ese instante el tiempo pareció detenerse. El puño de Jesús descendió y, cuando mis ojos se abrieron de nuevo, pude observar las espaldas de ese niño enorme retirándose, flanqueado por dos de los pequeños esclavos a los que obligaba a ser sus amigos, mientras yo quedaba allí, inmóvil, con Ana Belén y Toñín tratando de hacerme reaccionar sin utilizar palabras, y dándole gracias al cielo por aquella intervención divina que me salvó, por el momento, de lo que pudo ser una gran paliza.
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